jueves, 3 de abril de 2008

UNA TARDE A PURA PELOTA QUIETA

No recuerdo bien si estaba en primer año de liceo, pero recuerdo bien lo que había llovido y el barro que había aquella tarde en Loyola, el complejo de canchas del Seminario. Nosotros, con Vascos, invitados a un cuadrangular junto a lo locales, el Varela y el María Auxiliadora. Sabida era nuestra poca capacidad y nula práctica para el fútbol en cancha de once, ibamos a enfrentarnos en la primera fecha al Varela con bastante incertidumbre. Sólo algunos de los nuestros mostraban tapones bajo esos pies tan acostumbrados a superficies duras, y encima el terreno de juego empapado. Sin dudas un desafío. Los primeros minutos fueron caóticos. Los pases al estilo "salón" que queríamos trasladar a la gramilla no llegaban a dos y eran un dulce para el pressing del rival, que por si fuera poco contaba con players de un físico muy superior (asi como alguno en edad también) al nuestro. Caídas y resbaladas permanentes, cero pelota aérea ganada, incluso saques laterales en defensa que en vez de tirarlos por la banda iban a los zagueros... un total desconcierto. Más allá del tono amistoso, los dirigentes nos habían mandado a la guerra con un tenedor...
El primer tiempo fue un 2-0 en contra baratísimo. Para el segundo nos transformamos en un equipo superutilitario. Cero demostración de calidad y riesgo. Buscar el área adversaria como sea, y lo que sí evitar que el marcador crezca mucho. Arranca el complemento y gol del Varela.
Ya cada vez más embarrados y sin nada por perder, los inexperientes jóvenes vestidos de negro fuimos armados de la vergüenza a tratar de revertir la situación. Los minutos pasaron, las pelotas divididas volvieron a ser eso (algunas las ganaban ellos, otras nosotros), llegaron los desbordes, el empuje de los mediocampistas y entre una cosa y otra hasta logramos un córner.
El técnico me dio la posibilidad de lanzarlo, confiando en mi (muy subjetivamente) sutil empeine derecho, a pesar de que ya habia tirado mal una falta libre cercana a la mitad de la cancha. Pero vino ese córner, como puñal al corazón del área, serie de rebotes, balón húmedo y gol! el del honor a falta de diez. Se empezó a picar el match y los "grandotes" del Varela no pudieron con su genio. Infracciones duras que derivaron en sendas pelotas quietas cercanas a la "zona del chocolate". Ya más marrones que de su color habitual (medias y shorts) y con el sudor que sólo los titanes del deporte sienten, iban como todo el segundo tiempo los Vascos a buscar el utópico cabezazo. Y quien suscribe de nuevo a efectuar el centro. Así vino el segundo y el tercero, el del empate glorioso. Cuando el improvisado juez ya relojeaba su cronómetro. Que goce, que grito único. Esa tarde me sentí Bengoechea. Y por eso ,años después, puteaba a Recoba cada vez que daba lástima con sus servicios desde la esquina. Salimos embarrados hasta la manija (que viejo!), pero con la frente alta por haber hecho nuevamente honor a la querida y discriminada pelota quieta...

el mago

el mago
Scarone